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Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
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Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Al principio dudé porque el cristal me parecía frágil para llevarla a la piscina, pero es sorprendentemente resistente. Lo mejor es que puedo echarle agua hirviendo para el té, añadir hielos encima y coger la botella sin quemarme. Ese salto de temperatura lo aguanta perfectamente. Parece delicada pero es de las cosas más prácticas que tengo.
Mi ritual de media tarde es salir al jardín con un té helado. Antes era una batalla: el hielo desaparecía rápido y odiaba usar termos opacos que arruinan el momento. La Glacé tiene la elegancia de un vaso de cristal premium y el frío de un termo. Es mi objeto favorito del verano, sin duda.
Beber agua sola me cuesta muchísimo, así que siempre la infusiono con frutas o té. El filtro metálico de la Glacé hace que prepararlo sea cuestión de un minuto, y ver los colores de la fruta flotando a través del cristal me motiva a seguir bebiendo sin darme cuenta. Es la primera vez que llego a mi objetivo de hidratación diaria sin esfuerzo.
Soy de las que se pedía el matcha en cafetería solo por el vasito transparente y bonito. Desde que tengo la Glacé me lo hago en casa. Lo veo perfectamente desde fuera, el frío dura muchísimo más que en cualquier vaso normal, y encima me ahorro una pasta. Es más bonita que cualquier cosa que me hayan servido en una cafetería.
Tenía claro que quería cristal porque el agua en plástico o metal nunca me sabe igual. Pero el cristal normal no aguantaba el frío ni diez minutos. La doble pared de la Glacé cambia todo. Me preparo el agua con limón y frutos rojos por la mañana y sabe exactamente igual a las seis de la tarde. Puro, fresco, sin nada raro.
Siempre preparaba el té con tetera y colador. Funcionaba pero era un lío: la tetera, el colador, la taza, todo manchado. Con la Glacé pongo las hojas en el filtro, agua caliente encima, y listo. Un solo objeto que limpiar. Y encima lo veo todo desde fuera mientras se hace. No vuelvo al sistema anterior.
Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
Trabajo desde casa y en verano el calor me destroza la concentración. Quería tener siempre agua fría en el escritorio pero los vasos normales me dejaban la mesa hecha un desastre. Esta botella no suda, el agua se mantiene fría horas y, para qué negarlo, hace que mi espacio de trabajo se vea mucho más limpio y cuidado.
Mi mayor frustración era que cualquier vaso de cristal frío terminaba empapando las páginas del libro o dejando un charco en la mesita. Y los termos me parecen demasiado toscos para llevarlos a la piscina. La Glacé lo soluciona todo: por fuera está completamente seca siempre, y se ve tan bien que ya me han preguntado tres veces de dónde la he sacado.
Llevaba tiempo buscando algo para llevar a la playa que no me empapara el bolso por la condensación. Las bolsas isotérmicas son una pesadez y los termos de metal no me gustan nada. Esta botella es la solución perfecta: por fuera completamente seca, por dentro el frío aguanta horas, y encima es preciosa.
Tenía un termo que funcionaba perfectamente para el frío pero que era lo más feo del mundo y no lo usaba nunca. Compré la Glacé casi como capricho y ahora no entiendo cómo aguanté tanto tiempo sin ella. El hielo dura, no mancha nada y encima parece un objeto de diseño. Todo el mundo que viene a casa me pregunta dónde la compré.
Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
Trabajo desde casa y en verano el calor me destroza la concentración. Quería tener siempre agua fría en el escritorio pero los vasos normales me dejaban la mesa hecha un desastre. Esta botella no suda, el agua se mantiene fría horas y, para qué negarlo, hace que mi espacio de trabajo se vea mucho más limpio y cuidado.
Mi mayor frustración era que cualquier vaso de cristal frío terminaba empapando las páginas del libro o dejando un charco en la mesita. Y los termos me parecen demasiado toscos para llevarlos a la piscina. La Glacé lo soluciona todo: por fuera está completamente seca siempre, y se ve tan bien que ya me han preguntado tres veces de dónde la he sacado.
Llevaba tiempo buscando algo para llevar a la playa que no me empapara el bolso por la condensación. Las bolsas isotérmicas son una pesadez y los termos de metal no me gustan nada. Esta botella es la solución perfecta: por fuera completamente seca, por dentro el frío aguanta horas, y encima es preciosa.
Tenía un termo que funcionaba perfectamente para el frío pero que era lo más feo del mundo y no lo usaba nunca. Compré la Glacé casi como capricho y ahora no entiendo cómo aguanté tanto tiempo sin ella. El hielo dura, no mancha nada y encima parece un objeto de diseño. Todo el mundo que viene a casa me pregunta dónde la compré.
Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
Trabajo desde casa y en verano el calor me destroza la concentración. Quería tener siempre agua fría en el escritorio pero los vasos normales me dejaban la mesa hecha un desastre. Esta botella no suda, el agua se mantiene fría horas y, para qué negarlo, hace que mi espacio de trabajo se vea mucho más limpio y cuidado.
Mi mayor frustración era que cualquier vaso de cristal frío terminaba empapando las páginas del libro o dejando un charco en la mesita. Y los termos me parecen demasiado toscos para llevarlos a la piscina. La Glacé lo soluciona todo: por fuera está completamente seca siempre, y se ve tan bien que ya me han preguntado tres veces de dónde la he sacado.
Llevaba tiempo buscando algo para llevar a la playa que no me empapara el bolso por la condensación. Las bolsas isotérmicas son una pesadez y los termos de metal no me gustan nada. Esta botella es la solución perfecta: por fuera completamente seca, por dentro el frío aguanta horas, y encima es preciosa.
Tenía un termo que funcionaba perfectamente para el frío pero que era lo más feo del mundo y no lo usaba nunca. Compré la Glacé casi como capricho y ahora no entiendo cómo aguanté tanto tiempo sin ella. El hielo dura, no mancha nada y encima parece un objeto de diseño. Todo el mundo que viene a casa me pregunta dónde la compré.
Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
Trabajo desde casa y en verano el calor me destroza la concentración. Quería tener siempre agua fría en el escritorio pero los vasos normales me dejaban la mesa hecha un desastre. Esta botella no suda, el agua se mantiene fría horas y, para qué negarlo, hace que mi espacio de trabajo se vea mucho más limpio y cuidado.
Mi mayor frustración era que cualquier vaso de cristal frío terminaba empapando las páginas del libro o dejando un charco en la mesita. Y los termos me parecen demasiado toscos para llevarlos a la piscina. La Glacé lo soluciona todo: por fuera está completamente seca siempre, y se ve tan bien que ya me han preguntado tres veces de dónde la he sacado.
Llevaba tiempo buscando algo para llevar a la playa que no me empapara el bolso por la condensación. Las bolsas isotérmicas son una pesadez y los termos de metal no me gustan nada. Esta botella es la solución perfecta: por fuera completamente seca, por dentro el frío aguanta horas, y encima es preciosa.
Tenía un termo que funcionaba perfectamente para el frío pero que era lo más feo del mundo y no lo usaba nunca. Compré la Glacé casi como capricho y ahora no entiendo cómo aguanté tanto tiempo sin ella. El hielo dura, no mancha nada y encima parece un objeto de diseño. Todo el mundo que viene a casa me pregunta dónde la compré.
Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
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Mi mayor frustración era que cualquier vaso de cristal frío terminaba empapando las páginas del libro o dejando un charco en la mesita. Y los termos me parecen demasiado toscos para llevarlos a la piscina. La Glacé lo soluciona todo: por fuera está completamente seca siempre, y se ve tan bien que ya me han preguntado tres veces de dónde la he sacado.
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Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
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Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
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Tenía un termo que funcionaba perfectamente para el frío pero que era lo más feo del mundo y no lo usaba nunca. Compré la Glacé casi como capricho y ahora no entiendo cómo aguanté tanto tiempo sin ella. El hielo dura, no mancha nada y encima parece un objeto de diseño. Todo el mundo que viene a casa me pregunta dónde la compré.
Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
Trabajo desde casa y en verano el calor me destroza la concentración. Quería tener siempre agua fría en el escritorio pero los vasos normales me dejaban la mesa hecha un desastre. Esta botella no suda, el agua se mantiene fría horas y, para qué negarlo, hace que mi espacio de trabajo se vea mucho más limpio y cuidado.
Mi mayor frustración era que cualquier vaso de cristal frío terminaba empapando las páginas del libro o dejando un charco en la mesita. Y los termos me parecen demasiado toscos para llevarlos a la piscina. La Glacé lo soluciona todo: por fuera está completamente seca siempre, y se ve tan bien que ya me han preguntado tres veces de dónde la he sacado.
Llevaba tiempo buscando algo para llevar a la playa que no me empapara el bolso por la condensación. Las bolsas isotérmicas son una pesadez y los termos de metal no me gustan nada. Esta botella es la solución perfecta: por fuera completamente seca, por dentro el frío aguanta horas, y encima es preciosa.
Tenía un termo que funcionaba perfectamente para el frío pero que era lo más feo del mundo y no lo usaba nunca. Compré la Glacé casi como capricho y ahora no entiendo cómo aguanté tanto tiempo sin ella. El hielo dura, no mancha nada y encima parece un objeto de diseño. Todo el mundo que viene a casa me pregunta dónde la compré.
Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
Trabajo desde casa y en verano el calor me destroza la concentración. Quería tener siempre agua fría en el escritorio pero los vasos normales me dejaban la mesa hecha un desastre. Esta botella no suda, el agua se mantiene fría horas y, para qué negarlo, hace que mi espacio de trabajo se vea mucho más limpio y cuidado.
Mi mayor frustración era que cualquier vaso de cristal frío terminaba empapando las páginas del libro o dejando un charco en la mesita. Y los termos me parecen demasiado toscos para llevarlos a la piscina. La Glacé lo soluciona todo: por fuera está completamente seca siempre, y se ve tan bien que ya me han preguntado tres veces de dónde la he sacado.
Llevaba tiempo buscando algo para llevar a la playa que no me empapara el bolso por la condensación. Las bolsas isotérmicas son una pesadez y los termos de metal no me gustan nada. Esta botella es la solución perfecta: por fuera completamente seca, por dentro el frío aguanta horas, y encima es preciosa.
Tenía un termo que funcionaba perfectamente para el frío pero que era lo más feo del mundo y no lo usaba nunca. Compré la Glacé casi como capricho y ahora no entiendo cómo aguanté tanto tiempo sin ella. El hielo dura, no mancha nada y encima parece un objeto de diseño. Todo el mundo que viene a casa me pregunta dónde la compré.
Parece una tontería pero tener la Glacé en mi escritorio me cambia el humor. El agua está fría siempre, no deja charco cerca del teclado, y hace que mi espacio se vea limpio y cuidado. Para alguien que pasa ocho horas al día frente al ordenador, rodearte de objetos bonitos que además funcionan marca una diferencia real.
Llevaba dos años con un termo opaco que funcionaba de maravilla pero que cogía polvo porque me parecía horrible en mi escritorio. Buscaba algo bonito de cristal pero tenía miedo de perder el aislamiento. La Glacé tiene las dos cosas. El hielo me aguanta toda la tarde y en la mesa queda increíble. Por fin tengo algo que me da ganas de hidratarme.
Trabajo desde casa y en verano el calor me destroza la concentración. Quería tener siempre agua fría en el escritorio pero los vasos normales me dejaban la mesa hecha un desastre. Esta botella no suda, el agua se mantiene fría horas y, para qué negarlo, hace que mi espacio de trabajo se vea mucho más limpio y cuidado.
Mi mayor frustración era que cualquier vaso de cristal frío terminaba empapando las páginas del libro o dejando un charco en la mesita. Y los termos me parecen demasiado toscos para llevarlos a la piscina. La Glacé lo soluciona todo: por fuera está completamente seca siempre, y se ve tan bien que ya me han preguntado tres veces de dónde la he sacado.
Llevaba tiempo buscando algo para llevar a la playa que no me empapara el bolso por la condensación. Las bolsas isotérmicas son una pesadez y los termos de metal no me gustan nada. Esta botella es la solución perfecta: por fuera completamente seca, por dentro el frío aguanta horas, y encima es preciosa.
Tenía un termo que funcionaba perfectamente para el frío pero que era lo más feo del mundo y no lo usaba nunca. Compré la Glacé casi como capricho y ahora no entiendo cómo aguanté tanto tiempo sin ella. El hielo dura, no mancha nada y encima parece un objeto de diseño. Todo el mundo que viene a casa me pregunta dónde la compré.